MEDITACIÓN

¿Qué es meditar?

Empezamos por ver lo que “no esmeditar:

No es reflexionar.

No es pensar.

No es una simple técnica mental.

No es interpretar.

No es entretenerse con los sentimientos y las emociones.

Todo esto no significa que reflexionar y pensar no sean herramientas válidas y necesarias: lo son, pero a un nivel más superficial y pragmático de nuestra vida. Todo el tiempo estamos reflexionando y pensando y, sin darnos cuenta, vivimos sumamente condicionados por los pensamientos, las emociones, los sentimientos y, a menudo, nos volvemos tan inconscientes que nos convertimos en esclavos de la mente. Muchas veces no vivimos la vida real, sino una vida interpretada. La meditación es otra cosa. La meditación es justamente la herramienta que nos hace salir de esta esclavitud y nos conecta con lo real. Meditar es aprender a vivir lo real. Meditar es volver a la vida pura: sentirla, palparla, olerla.

Meditar en el fondo se escapa a cualquier intento de definición, porque en su sentido más genuino la meditación es la experiencia radical del silencio…y el silencio no se puede decir: si lo digo, lo traiciono. El silencio se vive porque el silencio es lo que somos.

Meditar tiene que ver con el medio: ir al medio, ir al centro.

Podemos simplemente dar unas pistas:

Meditar es callar todas nuestras funciones (cuerpo, mente, espíritu)

Meditar es quietud

Meditar es conectar con lo mejor de nosotros

Meditar es silencio

Meditar es gratuidad

Meditar es combate

Meditar es contemplar

Meditar es conocerse y conocer a Dios

Meditar es, sobre todo, practicar

ACTITUDES FUNDAMENTALES

En el camino espiritual hay que ponerse en actitud de gratuidad. No queremos lograr nada. En el fondo no buscamos nada: ni crecer, ni ser mejores personas, ni aprender cosas…son cosas que tal vez (si practicamos con fidelidad sin duda) vendrán como “añadidura” como dice el evangelio (Mt 6, 33). Solo queremos vivir, entrar en esta experiencia, sin expectativas, desnudos. Simplemente practicar. Los budistas, expertos en meditación, nos dicen que la práctica misma es ya plenitud. Los cristianos lo decimos de otra forma: “no hay camino, el amor es el camino.” Es decir: no hay una finalidad, la finalidad está incluida en el caminar. Camino y meta, sorpresivamente y maravillosamente, coinciden.

No hay posibilidad de sentir a Dios si no se entra en el silencio. El silencio es el espacio donde Dios habla. La Palabra surge del Silencio. En la capacidad de hacer silencio radica la posibilidad de un encuentro real con Dios y conmigo mismo. La meditación es camino al silencio más pleno y radical. Cada vez más estoy convencido que no hay auténtica experiencia de Dios (de lo real, de uno mismo), sin silencio.

Hemos perdido la capacidad de disfrute. Vivimos la vida como una penitencia continua, como lucha, como competencia. Nos convencieron que no merecemos ser felices. Meditar nos enseña el sano disfrute. Nos sentamos en silencio y quietud para disfrutar el indecible gozo de simplemente SER. Como dice el poeta: “Ser, nada más. Y basta. Es la absoluta dicha” (Jorge Guillen). Nos sentamos en quietud sin desear nada más. Solo para saborear el momento y dejarlo ser. Solo queremos disfrutar el presente. Aprender a disfrutar del silencio y de la quietud nos llevará a disfrutar la vida real en sus más pequeñas expresiones.

La meditación es maravillosa pero, con frecuencia, es un camino árido. Un camino por el desierto, donde solo pocas veces nos encontraremos con oasis. Los frutos de la meditación los descubriremos más en lo cotidiano que en la práctica misma.La clave del crecimiento está en la perseverancia. Tendremos varias veces la tentación de dejar: el ego (la mente no observada) se siente amenazado, porque meditar es un poco morir. El ego vive del miedo a la muerte y de la búsqueda de seguridades. Si perseveramos llegará un momento que no podremos vivir sin meditar. La meditación será como el aire que respiramos.

¿CÓMO MEDITAR?

El lugar físico, sobre todo en los primeros tiempos, es fundamental. Se necesita un espacio físico cómodo, tranquilo, posiblemente aislado de ruidos y distracciones. El lugar tiene que ser limpio, ordenado, sobrio. Es importante que sea siempre el mismo. El ser humano necesita orden y referencias concretas.

Los maestros sugieren que lo ideal es meditar dos veces al día: mañana y tarde. El tiempo ideal es entre 20 minutos y media hora por sesión. Se puede comenzar con 10 o 15 minutos. Lo esencial es ser fiel al tiempo que nos fijamos. La sesión de meditación se tiene que realizar lejos de las comidas. En la sesión de meditación no estamos para nadie: es nuestro tiempo de gratuidad.

La postura es fundamental.

El ser humano es una unidad profunda de cuerpo, mente, espíritu.

Se medita con todo nuestro ser. Lo esencial es encontrar una postura cómoda pero que nos mantenga despiertos. Esencial es la columna erguida y el vientre libre y suelto. Puedo meditar sobre un almohadón o una silla. Tengo que encontrar mi postura que me dé estabilidad y confianza.

Entrando en la meditación puedo dedicar los primeros minutos a tomar conciencia de mi cuerpo recorriendo mentalmente sus partes.

Esencial es la quietud absoluta del cuerpo.

Esencialmente podemos meditar utilizando dos técnicas:

Es la práctica meditativa típica del budismo y de las tradiciones orientales, pero también de los primeros monjes cristianos. Después de haber encontrado la postura y haber encontrado estabilidad empezamos a atender a nuestra respiración. Simplemente atendemos a la respiración, así como es, sin intentar modificarla. Inhalamos por la nariz y exhalamos por la nariz. Nos fijamos en el recorrido del aire: como entra en los pulmones y como se infla y desinfla el vientre. El simple y puro atender irá regularizando la respiración por si sola. En cuanto me doy cuenta que ya no estoy atendiendo a la respiración porque sobrevino un pensamiento o un estado emocional vuelvo suavemente y amorosamente a la respiración. Vuelvo y vuelvo todas las veces que sean necesarias, con paz y serenidad. Lo esencial es ser consciente de la respiración…hasta ser uno con ella. Entonces quedará solo la respiración, sin el “yo”. Solo queda Dios. Este es el camino simple de la meditación.

Otra técnica es la repetición de una palabra: el mantra. La palabra mantra viene del sánscrito y significa en sentido figurado “palabra llave”. Se elije una palabra que tenga que ver con nuestra vida y nuestra fe: Jesús, Dios, Amor, Vida, Paz, Maranathá…

Esta práctica tiene también raíces muy hondas. Los monjes cristianos del desierto practicaban esta forma de oración (esicasmo). Repetían mentalmente la formula: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi pecador”, siguiendo el ritmo de la respiración.

El monje benedictino inglés, John Main, fundador de la WCCM (WorldCommunity Christian Meditación – Comunidad mundial para la meditación cristiana) sugiere utilizar la palabra MARANATHA, palabra aramea que significa: “Ven Señor”.

Entrando en la meditación se empieza a repetir el mantra. Como en el caso de la respiración, cuando sobrevienen pensamientos volvemos con suavidad y con amor a nuestro mantra. No tenemos que pensar en el significado del mantra. Solo repetirlo durante todo el tiempo de la meditación. Volvernos uno con la palabra.

En realidad, la función de la respiración y del mantra es, fundamentalmente la misma: apartar nuestra atención de los pensamientos para disfrutar de nuestro verdadero ser y unificar la conciencia.

La respiración tiene la ventaja que nos conecta más rápidamente con el cuerpo y la desventaja que es algo más sutil y frágil. La atención a la respiración se pierde con facilidad, sobre todo en los primeros tiempos de la práctica.

El mantra tiene la ventaja que es más concreto y es más fácil atenderlo. Tiene la desventaja que no nos conecta tan rápidamente con el cuerpo y que, siendo una palabra, puede inducirnos al pensar.

“Intenta escuchar con atención en el espacio que te rodea. Digo “escuchar”, no “pensar”; es más bien un percibir. Al principio puedes ayudarte del silencio. Adéntrate en el silencio, escucha el silencio. Todos los ruidos y acontecimientos están ahí, pero no están en ti” (W. Jager)

“Al conectar con la sensación de silencio en lo profundo de nuestro cuerpo y permanecer en ella, sin escaparnos en cavilaciones cerebrales, percibimos que es un silencio denso y habitado: habitado por nuestra vida, por nuestra identidad, por el Misterio…Ahí es donde podemos experimentar la unidad radical que somos con Dios y con toda la creación. Permanecer en ese silencio es permanecer en nuestra unidad de fondo; es permanecer, al mismo tiempo, en nosotros y en Dios, unidos a toda la realidad. En el encuentro en profundidad con nosotros mismos es donde descubrimos que somos comunión, porque somos unidad. Ése es nuestro verdadero rostro.” (Enrique Martínez Lozano)

“El silencio es el Origen, la Fuente de todo, también de nuestras palabras y pensamientos. Por eso, buscar el silencio no significa rechazar las palabras, sino ir a su raíz…La soledad es una forma de silencio. Y al igual que el silencio no excluye las palabras, la soledad no excluye la compañía. La genuina soledad no consiste en no estar con otros, sino en no medirnos con ellos. En medio del griterío externo e interno es preciso saber distinguir nuestra verdadera voz. Ello requiere escucha y atención, es decir, silencio, y un espacio interior de soledad que nos acompañe siempre, también en nuestro trato con los demás y en el ajetreo diario”

Mónica Cavallé

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